Habiendo llegado a nuestro poder una numerosa cantidad de fotografías de la profanación a las tumbas del Cementerio Israelita de Algarrobos y la destrucción de lápidas que datan del siglo XIX, la sensación que nos produjo fue de absoluta impotencia. ¿Qué podemos hacer como periodistas?. ¿Criticar esa acción brutal, insana, acaso perversa y demencial?. De poco nos servirá, lo hecho hecho está, esas tumbas y lápidas cuyo valor histórico es inconmensurable ya no podrán ser restauradas, y aunque se pudiera quedará el sabor amargo de la profanación y la eterna duda de ¿por qué lo hicieron?.
Por muchos, muchísimos años los casarenses hemos tenido una formidable convivencia con la comunidad israelita local, con la cual nos fundimos en todos los aspectos. Mezclamos nuestra sangre y nuestros sueños, hemos sido y lo somos un ejemplo de esa convivencia que ha logrado crear una sola identidad. Pensar que alguien pueda realizar un daño de esa naturaleza por inclinaciones antisemitas, sería como pensar que se lo está haciendo así mismo, a esa historia que juntos, españoles, italianos, israelitas, vascos y de otras nacionalidades hemos sabido construir.
Vaya nuestra más profunda y sentida solidaridad para nuestros hermanos judíos. Sabemos que ellos tampoco tienen explicación alguna. Que en su corazón prefieren suponer que lo sucedido ha sido fruto de la actitud enferma de elementos descarriados que encuentran en el daño material un placer malsano, y no en una acción discriminatoria y de odio, que en nuestra comunidad no tiene lugar.
Sólo se puede tener compasión por ellos, y recordar las palabras de Jesús: «Perdónalos Señor porque no saben lo que hacen».
No es la primera vez que hechos de esta naturaleza ocurren. Ese cementerio, que como comentáramos está considerado Patrimonio Histórico Nacional , está demasiado expuesto, en un lugar alejado al que se puede acceder con toda facilidad. Protejerlo se hace demasiado complejo, dotarlo de cámaras de videos o elementos de seguridad de alta tecnología sería demasiado costoso, pero dejarlo al libre albedrío de cualquier ser dañino, es correr el riesgo de que las pocas reliquias que aún quedan en pie, corran la misma suerte.