Nos relata Alpersohn en su libro “Colonia Mauricio”, que cierto día, los colonos vieron a lo lejos una polvareda que se acercaba cada vez más. El temor de otra tormenta los embargó, pero al rato vieron que eran jinetes. Así fue, un grupo de policías y gauchos armados, comandados por un comisario, llegaron al campamento y comenzaron a requisar las carpas y casuchas en busca de armas u otros elementos. Grande fue el temor de las familias, hasta que un colono logró escapar y llegar a un campo cercano, donde la mayor parte de los hombres se hallaba trabajando. Armados de palas y horquillas y cantando canciones de su cultura, se formaron en filas y retornaron al campamento de la Colonia para ayudar a las familias.
La situación fue tensa porque a punto estuvieron de enfrentarse ambos grupos, hasta que llegó el administrador Guerbil y con gran esfuerzo, logró que los colonos depusieran su actitud y entregaran sus improvisadas armas.
Varios colonos fueron detenidos y así se inauguró la cárcel, donde fueron alojados, en algunos casos , hasta veinte días
El resultado hizo sospechar a los colonos, que el “organizador” de tal conflicto había sido Guerbil. Quizás para mantener el orden, después que muchos de sus seguidores habían emigrado.
Evidentemente, durante ese primer lustro de la década de l890 se vivían días aciagos, no solo en la Colonia, sino también en el país.
Después de la Revolución del 90 y la consabida renuncia de Juárez Celman, asumió el ejecutivo el vicepresidente Carlos Pellegrini, quien debió afrontar una dura crisis económica; lo hizo con medidas de ajuste que, como siempre, recayeron en los sectores más vulnerables.
La situación de los colonos no escapaba a las generales de la ley con el agravante de las sequías y las plagas de langostas, que diezmaban las cosechas.
A todo lo expresado debieron enfrentarse aquellos que decidieron quedarse en Colonia Mauricio.
Prof. Daniel Lombardo